“(Jesús) Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pedro 2:24).
El profeta Isaías dijo: "Mas Jehová cargó en él (Jesús) la iniquidad de todos nosotros" (v. 6). La palabra iniquidad (en hebreo, avon) significa rebelión, "el castigo por la rebelión", y "todas las malas consecuencias de la rebelión". En la cruz, Jesús, nuestro sustituto, el último Adán, se convirtió en rebelde con nuestra rebelión y soportó todas las malas consecuencias por ella.
Si lo pudiésemos comprender, hubo un intercambio y aquí está la puerta a la casa del tesoro de Dios. Este fue el intercambio: toda la maldad que nuestra rebelión merecía fue cargada sobre Jesús para que todo lo bueno que Él merecía, debido a su perfecta obediencia, pueda ser puesta en nosotros. Como sea que miremos, ese intercambio fue total. Jesús fue castigado para que pudiéramos ser perdonados. Él fue herido para que pudiéramos ser sanados. Él llevó nuestro pecado para que pudiéramos tener su justicia. Él murió nuestra muerte para que pudiéramos compartir su vida. Él fue hecho maldición para que pudiéramos recibir la bendición. Él soportó nuestra pobreza para que pudiéramos compartir su abundancia. Él llevó nuestra vergüenza para que pudiéramos tener su gloria. Él soportó nuestro rechazo para que pudiéramos tener su aceptación.
“Gracias, querido Jesús, por tu obra en la cruz. Proclamo que Jesucristo murió mi muerte para que yo reciba su vida. Amén”.
Derek Prince


