“Por eso, extiende tu mano para sanar y hacer señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús». Después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos; todos fueron llenos del Espíritu Santo y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno” (Hechos 4:30-31).
Vimos la historia de la mujer cananea que recibió la sanidad para su hija debido a su fe. Aunque no era el tiempo para los extranjeros, ella se convierte en una descendiente del “padre de la fe” que es Abraham.
Nosotros los creyentes desde este lado de la cruz, por haber recibido y creído en la obra de nuestro amado Señor, hemos sido declarados legalmente sus hijos: "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1:12). Es importante que entendamos nuestra posición legal de “hijos”, ya que por ser hijos tenemos los derechos de justicia divina para acceder a las promesas de bendición y de sanidad que Jesucristo ha obtenido para nosotros.
Hay algunos creyentes que se arrodillan a orar y tienen en su lenguaje lo que el Señor enseñó del publicano que oraba así: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” (Lucas 18:13). Pero debemos ver el contexto de esa escritura: primero, el publicano no era creyente, era como cualquier persona desesperada que ora a Dios. Segundo, nuestro Maestro da el ejemplo para resaltar la actitud de algunos religiosos que se creían superiores y menospreciaban a los demás. Cuando vamos a orar, primero, no debemos tener la conducta de esos religiosos, no somos ni debemos creernos superiores a nadie, nos consideramos lo que somos: hijos, y como hijos tenemos derecho a recibir lo que el amado Señor consiguió con su sacrificio en la cruz.
Segundo, tampoco somos pecadores como ese publicano. Hemos sido redimidos por la preciosa sangre y santificados por su Espíritu. “Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo” (2 Timoteo 1:9).
Queridos amigos, al venir a orar, nuestras primeras palabras deberían ser las que enseñó Jesús: “Padre nuestro”.
Con amor,
Pastor Omar Daldi